Desde el más allá

Aquí las cosas tienen una sinfonía de muerte lenta,

una oscuridad inversa del camino trotamundos.

Durante días se adentra en mis ojos

un vacío amanecido en la piel del viento.

Asciendo en brazos de aire, mediador de la sangre

que me venera y envuelve.

También aquí soy ese fardo sin peso, vacío,

gravitante en cada peldaño.

Es un instante, una ovación de condena interminable,

excomulgado a la tumba del cielo y la tierra.

Algunas manos mueven alas

y no hay superficie si no magia de colores serpentinos,

prisión del diluvio que ofrece la luz.

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El paredón

Estaba sentenciado, estaba esperando el veredicto final, sentado en piedras calientes por este sol de Tabasco. Es un canto madreselva el que le acontece y por el que muere. No veía venir la culpabilidad, se le escapaba de los recuerdos la causa probable. Consentía en estar ahí, esperando sentencia, sin saber a cual dios rezar, por desconocer las doctrinas del panteón tabasqueño. Se aferraba a su causa, se aferraba a  su canto del destino, a su fiebre de verdades trasmutadas en su corazón de indio tropical. Habría bebido café si hubiera podido, pero era medio día, y aunque anhelaba el sabor, el olor, era algo solo en su mente. Su rostro, su nariz estaba destrozada, tampoco sentía el olor de la sangre escurrirle por los labios, por los pómulos. Sonó un celular, la guardia hizo un gesto demente, de gente poseída, endemoniada y un verdugo se masturbaba con una boca ajena. El inútil sentenciado quería comerse su propia mano o lo que fuera, ya habían pasado los días y soñaba con aquel paredón manchado de un color oscuro. Deseaba vivir tal vez, pero su tiempo había pasado, una voz le refunfuñaba, ya no estas aquí, estas en otra parte, eres solo un fantasma meditabundo, olvidado. No sabes que el tiempo ha pasado, no sabes que eres historia, no sabes que aquí ya es una escuela, que aquí solo corren los niños y que a veces poseídos, juegan a los fusilados.

Escena de una tarde zombie

Un revoloteo

de mariposas extrañas acontece en el parque

y en los techos de estas casas viejas.

Los ríos sufren un delirio de escape

hacia las profundidades del pueblo,

hacia insondables parajes de gente muerta,

los perros respiran un ímpetu de conquista.

Ciénagas donde se ahogaron los perdidos,

enclave de flores distintas, temperamentales.

Espacio entre paredes

donde quedaron atrapados los condenados.

Salen al jardín a pasear entre pedregales,

dejando sus carnes un vacío

ahí donde alguna vez estaban.

El sol ilumina sus rostro

¿a dónde irán con tanta premura?

¿por qué se quedarán tan callados?

Sienten la aspereza del pavimento,

imaginan tocarse las manos,

sentir la mirada puesta,

la culpa es del amor que todo lo asesina.

El silencio de las horas

Desconozco este silencio

de las horas pasadas sobre el mar

de mi cama sin existir,

sin encontrar los instantes.

Pasan los siglos, todo cambia.

Las cosas se van con sentimiento y nostalgia

entre arrabal fronterizo

y nunca las cosas son las mismas.

Se tejen nuevos lugares

donde vives en silencio,

mar de calma y tormenta.

Voz de ayer, voz de mañana,

cada beso en tu frente

Es solo un momento.

Estoy perdiendo las horas

sin poder hacer, sin vivir.

Todo pasa, se desgrana,

se margina, muere,

vivo sin razón,

apenas entre las cosas.

El pobre habitante,

levanta su frente y no ve

el horizonte,

solo el olvido.

Caminos de infancia

Árboles con alma de pájaros,

ríos que sueñan

entre páramos de fuerzas y deseos.

Informe parvada de gavilanes ardientes

desde mi pecho abierto.

Nada existe, sino un sopor de infancia permanente

entre la luz y las tinieblas.

Me descubro en una campiña acompasada

y observo el paisaje herido en la hora postrera,

de súbito la desgracia del aire y el agua destruyen mi hogar.

Algo me arrebata el ser, algo sin fondo cae sobre mí,

no hay pena, no hay risa, ni gota de agua,

ni plegaria, ni súplica.

Solo quizá, la desgracia de un recorrido

entre lodos y tormenta de mayo.

Mi madre nos lleva de la mano a un nuevo día;

soleado, inmenso, entre árboles que cantan,

ríos que arrullan con su ronquido de siempre sueños.

Casa nueva entre parajes interminables, frondoso árbol de ceiba infinita,

la niñez me parece algo divertido y nuevo sin que yo lo sepa.

Un extraño enemigo

Hay un extraño enemigo que dejas pasar

a nuestra casa,

un extraño enemigo duerme en tu cama,

se coge a tu mujer.

Y un extraño enemigo tienes por hijos,

soldados de tu desgracia.

Vampiros caucásicos en la televisión

chupan tu heredad, que es nada,

que nada fue, muladar de sombras

y peste insólita, medieval.

Al sonoro rugir de nuestras gargantas desgarradas

volvemos a ser esclavos

de nosotros mismos

de nuestra victoria y nuestra guerra.

Repetida infinitamente y que no aguantamos

pero cargamos sin queja ni gozo,

como mexicano, como hormiga,

como sombra en el umbral del infierno.

Sueños tropicales

Es este valle un florido extravío de pájaros,

señal de estos caminos y veredas de antaño conocidas.

El llano toma forma de cerro melancólico, cabizbajo,

a veces de colina solitaria, empedernida en su pose orgulloso,

a veces de cerca, de potrero o milpa,

y cuando menos de río, amplio caudal de tiempos de aguas.

Sucesos de un mundo distinto metido en las venas,

diluido en el tórrido canto de aves milenarias.

El río se pierde, navegante por el verde mar

y sus orillas son pueblos de aluvión,

encuentros de ojos que saludan al viento siniestro

de la noche clara con fantasmas de luna

o con piedras del rayo quemando mi pecho desnudo.

Lomeríos eternos, verdugos del llano y sus crecientes,

sus aguaceros que horadan sin misericordia las conciencias,

sus garzas transparentes al vuelo desprendidas,

algarabía de niños olvidados por estos rumbos sin memoria.