El sabor del vino

atraviesa tus pechos

en permanencia.

Muere el tiempo

a golpes o tonos

entre resplandores.

Voy al olvido

para encontrar tu locura

en cada paso perdiendo el camino.

Vas por el mar

como música del viento

atada a brazos distintos.

Ignoras la igualdad

de una guerra

donde morimos hechos ríos púrpura.

Quieres ir al trazo de un cielo desnudo,

encontraré tus labios

y habrá destrucción en la ciudad.

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Puerta primera

Creo que me estoy volviendo loco,

subo a la azotea y veo al cielo,

enfrascado en una bruma de almas

espigadas en tributo de sangre.

Esta locura me estructura el pensamiento de forma diferente,

es silenciosa agonía del crepúsculo,

manantial de sombras verdaderas.

Una espiga se llergue desde mis piernas:

semilla arrojada al vacío;

No pasará, ni sangre ni espuma,

en esta puerta de oscura mortandad.

La deseosa muerte,

altura, mito, oscuridad.

 

 

Aroma de ciudad

Estoy vacío en esta ciudad,

vacío de llanto pusilánime.

Mi boca es la negación de calles podridas

en tu cuello.

No existen huellas en estas venas de tezontle,

porque tú, con hierro candente

arrancaste de su espíritu.

Para no amarte en un suspiro de madrugada,

te vas en un torrente vespertino entre ventanas.

No quiero despertar y ver azoteas rojas,

no quiero vivir la ciudad con la conciencia cercenada,

ni un instante,

ni un instante que preceda tu presencia con los ojos abiertos.

Morir enturbiado de mentiras

es la última imagen trastocada por el tránsito oscuro.

Ciudad, hervidero de memorias

en la eternidad que no te merece siquiera.

Morir, que no sea en la conciencia

porque mal moriré de estúpidamente de hastío.

Mientras espero

Mientras espero,

una nota de pájaro moribundo

ondula en esta rama al vuelo quemada por el rayo.

Se estancan las nubes en esta casa,

y salgo al patio a saludar a las hormigas

que despavoridas se apresuran

por instinto meteorológico.

El sol entra hasta mi cuarto persiguiendo mariposas tornasoladas.

Se balancea burlón sobre mi rostro en coloridas alucinaciones,

juega con mis párpados deshaciendo el furor de la noche,

Y detrás de la gracia quedo enojado, cierro la puerta.

Ahora al alba la luna ondea sobre mi ventana como una lámpara en movimiento cotidiano.

¡siempre se pone a espiar mis cosas dejando resabios de mar y miradas!

Retoza entre mis libros dando brincos de medusas y algas

deslumbrándome con su resplandor y humor de nardos,

más que luna debía ser un conejo marino.

Así te espero en cada esquina del tiempo,

perdido en los instantes de esta negra ciudad.

Ahora estoy en el agua, ahora en el aire,

más tarde, jugando a los dados con tus dedos como niños desvalidos.

Entre penas y alguna esperanza remetida en la piel

de que crezcas inapelable en la ronda de mi espera.

Atardecer en la Ciudad de México

Montañas preñadas de un sol meditabundo

se mueren bajo la tarde retorcida de párvulos, criaturas azules del pensamiento.

Amo las memorias al sur de México,

perdidas o disueltas en cualquier dirección.

No hay cosa cierta en mí que se haya vivido con inocencia,

ni cosa justa que acredite los motivos

y modele mis actos en esta ciudad incalculable.

¿Has visto pájaros por las tardes en esta Alameda?

Han sido capturados y puestos

en jaulas de hierro, enrolladas en una manta.

Grandes pájaros que olvidaron cantar sus elásticas y redondas notas de verdad libertaria.

Pero uno de cantar nocturno, artista del último día en que moríamos,

nunca capturado por los homicidas,

sigue enseñando a cantar,

no a los pájaros sino a los hombres.

Desde el más allá

Aquí las cosas tienen una sinfonía de muerte lenta,

una oscuridad inversa del camino trotamundos.

Durante días se adentra en mis ojos

un vacío amanecido en la piel del viento.

Asciendo en brazos de aire, mediador de la sangre

que me venera y envuelve.

También aquí soy ese fardo sin peso, vacío,

gravitante en cada peldaño.

Es un instante, una ovación de condena interminable,

excomulgado a la tumba del cielo y la tierra.

Algunas manos mueven alas

y no hay superficie si no magia de colores serpentinos,

prisión del diluvio que ofrece la luz.

El paredón

Estaba sentenciado, estaba esperando el veredicto final, sentado en piedras calientes por este sol de Tabasco. Es un canto madreselva el que le acontece y por el que muere. No veía venir la culpabilidad, se le escapaba de los recuerdos la causa probable. Consentía en estar ahí, esperando sentencia, sin saber a cual dios rezar, por desconocer las doctrinas del panteón tabasqueño. Se aferraba a su causa, se aferraba a  su canto del destino, a su fiebre de verdades trasmutadas en su corazón de indio tropical. Habría bebido café si hubiera podido, pero era medio día, y aunque anhelaba el sabor, el olor, era algo solo en su mente. Su rostro, su nariz estaba destrozada, tampoco sentía el olor de la sangre escurrirle por los labios, por los pómulos. Sonó un celular, la guardia hizo un gesto demente, de gente poseída, endemoniada y un verdugo se masturbaba con una boca ajena. El inútil sentenciado quería comerse su propia mano o lo que fuera, ya habían pasado los días y soñaba con aquel paredón manchado de un color oscuro. Deseaba vivir tal vez, pero su tiempo había pasado, una voz le refunfuñaba, ya no estas aquí, estas en otra parte, eres solo un fantasma meditabundo, olvidado. No sabes que el tiempo ha pasado, no sabes que eres historia, no sabes que aquí ya es una escuela, que aquí solo corren los niños y que a veces poseídos, juegan a los fusilados.